sábado, 6 de febrero de 2016

Le tengo miedo al amor

Y es tan así que cada quien que intente algo conmigo termina siendo rechazado por mi espíritu individualista. Las exigencias se ponen en juego, los criterios que establezco, mis pautas. Y de no ser eso lo que impide que me enamore sale a la luz el miedo a sufrir, el miedo a que descubra mi personalidad insegura y depresiva,  y los comentarios consecuentes a eso. No quiero que lo sepa. No quiero que me conozca así. Pienso. Me desgarro, sano y vuelvo a mi solitaria ruta, donde no hay amor. Imagino lo que podría ser, en qué se podría convertir todo eso. Y sé como va a terminar. Sé que me voy a enamorar. Así que huyo, le dejo de hablar, me borro, lo ignoro. El miedo a lo que dije antes. No puedo. Solo me queda el pensar que pasaría sí...

domingo, 20 de diciembre de 2015

Muebles

Me decidí a ir a pesar de mis inseguridades. No tenía la intención en un primer momento, mucho menos después de que la llovizna sonara en el plástico que cubre la claraboya. Pero al escuchar a mis padres discutiendo tal como todas las noches suelen hacerlo, decidí escapar (o simplemente salir, porque escaparse no es tan fácil, y entre puñaladas orales que iban directo hacia los oídos de cada oponente, no me oyeron tomar la llave ni cerrar la puerta, del mismo modo que hicieron caso omiso a mi vestimenta algo menos casual que la que llevo un sábado por la noche dentro de mi casa). Mis lentes se empañaron a causa de la lluvia, por ello decidí quitarlos, lo que me dificultaba ver a la distancia mientras caminaba por la orilla de la calle, los rostros curiosos de quienes me cruzaban. Sé que eran curiosos, podía sentirlo. Los charcos amenazaban con mojarme ante alguna distracción, mi pantalón viejo sin uso alguno, el cual, si el tiempo decidía que la llovizna se convierta en lluvia o en peor caso, en tormenta, se humedecería de peor forma a causa de mi falta de paraguas. Un charco, finalmente culminó con su crimen, o bien, mi pie interrumpió con su calma, y el minúsculo tsunami llegó hasta mi piel, incomodándome por el resto de mi recorrido. Dos cuadras había caminado, la mitad de una de ellas repleta de vecinos que seguramente hacían el esfuerzo por tolerar los gritos de mi madre, o bien los golpes que mi padre le daba a los muebles que llenaban mi casa, cuyas maderas ya viejas y desgastadas por el tiempo hacían esfuerzos por no culminar con su ruptura. En mi casa, los muebles ya están viejos, y están acomodados muy juntos, de modo que casi se sostienen los unos a los otros, tal vez, es ese apego lo que los astilla, pero mi padre en lugar de lijarlos, los pintó de amarillo, a pesar de esto el color no alcanzaba para cubrir sus defectos. Más tarde mi madre, los pintó de azul marino, teniendo en cuenta, que un color más oscuro cubriría mejor sus asperezas, pero aun así, no fue suficiente. Si no lijamos y reforzamos los muebles, estos jamás mejorarán su condición. Así es siempre. Pero mis padres no lo toman en cuenta. Es así como en mis casa los muebles se caen con frecuencia haciendo grandes estruendos, o bien, emiten sonidos molestos de desgaste, que culminan en quejas de vecinos. El otro día, mientras mi mamá planchaba, decidí tomar uno de los libros que más le gustan a ella del estante más alto de la biblioteca de mi casa, pero al intentarlo, el estante derribó toda historia, cuento o poesía que sostenía. Mi pobre vieja se quemó a causa del susto, además de afligirse al ver todos sus libros en el suelo “No importa” decía para calmarme. ¿Por qué mentirme y no ser franca? ya tengo edad suficiente para saber cuestiones de adultos. Los vecinos son los que no deberían saber con sus oídos atentos y curiosos. En la otra mitad de cuadra los gritos no llegan, tampoco los golpes y es por eso que no se preocupan. Probablemente algunos aún estaban cenando a pesar de ser casi medianoche, o bien muchos, los más viejos, durmiendo ya. Noté la ausencia de algunas luces, la oscuridad de cada ventana, la luz en otras, y en una de ellas con su luz ahogada, dos ojos encandilados por la luna me miraban, ya no gritaban mi nombre por lo que respondí con un silencio incómodo que hizo caso omiso a ellos. Si bien la conocía, no quería dar un paso hacia ella. Podría tan solo haber trepado por el árbol frente a su encuentro, pero ya no quería hacerlo. La enredadera que ahora cubría el tronco pinchaba con sus espinas, no quería herirme más. Además, mi plan de última hora para esa noche no encontraba su destino allí. La llovizna se tornaba cada vez más molesta. Caminé el resto de las cuadras que me separaban de la remisería pensando en cómo arreglar los muebles de mi casa y así evitar ser la discordia barrial. El viaje en remis se me hizo largo, generalmente me gusta ver como las luces brillan aún más y se estiran con el dibujo de las gotas que yacen y deslizan en el vidrio, en silencio (para pensar mejor) o escuchando música mientras mi imaginación se eleva. Pero esta vez, la voz del remisero no me dejaba concretar mi deseo, mis pensamientos fueron interrumpidos por rostros de políticos, viejas penas ajenas y sin mucho sentido, caras de viejas preguntando precios y hasta una mujer gorda que cuidaba perros. Lo único que llamó mi atención fue cuando habló de un carpintero que le estaba arreglando el bajo mesada en su casa. En mi casa, yo creo que mi papá sabe hacerlo, y no necesita ayuda ajena, pero tuve en cuenta el dato de ese tal “Jorge Carpintero”.
Llegué a mi destino e ingresé al lugar. Lo primero que sonó fue un disco viejo de Spinetta y Los Socios del Desierto, el recuerdo me invade. Di mis primeros pasos hacia el lugar y un par de frías mejillas transpiradas chocan con mis labios húmedos mientras me dejan un gusto salado en la boca. Me aproximo a la barra y me pido un trago al azar “lo que me ofrezcas” dije. Unos ojos me llamaban desde el otro extremo del bar. Unos ojos fijos que me encandilaban y miraban. Mis palpitaciones se aceleraban y sentía un nerviosismo que ya conocía. Comenzó a caminar hacia mí, o eso creí. Se aproximó tanto que quedé paralizado, hasta darme cuenta de que estaba allí por la misma razón que me había llevado hacia la barra. Tras la incomodidad, fue ella la que con una mirada segura se dirigió hacia mis pupilas. Tras una breve charla nos besamos, nos mordimos, nos deshicimos en caricias para dejarlo todos atrás, sin muebles, sin gritos, sin golpes, nada importaba ya. El infinito estaba allí. Nos transportamos a un mundo donde nada amenazante hacía daño, por un rato.
Volví a mi casa el domingo a la mañana, el silencio me aturdía. Mi mamá planchaba, mi papá lijaba, y los vecinos nunca se volvieron a quejar.